Qué está pasando...

ADOPTANDO LA IDEA DE NO ENGENDRAR

Toda persona que lleva años conviviendo con la idea de que en algún momento deberá encontrar una pareja para echar raíces y perpetuar la especie, inevitablemente siente que tener un hijo o hija es el leitmotiv de cualquier humano, sencillamente porque la cultura se ha encargado de transmitirlo y perpetuarlo emocional, moral y/o religiosamente, entre otras vinculaciones.
Sin embargo, según un estudio de las Naciones Unidas en el 2002, la población mundial se triplicó desde mediados del siglo pasado hasta nuestros días, y se espera que para el 2050 seamos 9 billones de personas en la Tierra. Esto es más del doble de la población de ratones que se estima hoy existen en el mundo, especie que es capaz de reproducirse en peores condiciones, de manera más prolífica y con mayor velocidad que la nuestra.
Por otra parte, pero sin quitar la vista a las estadísticas oficiales, más de 1.000 millones de personas viven actualmente en pobreza extrema y más de 1.800 millones ni siquiera tienen acceso a agua potable. A pesar de que los dos o tres supermercados que tenemos cerca de nuestras casas, presentan variadas y prácticas botellas con el vital elemento a un precio que nos resulta razonable de acuerdo al ingreso promedio.
Se estima que 2.000 millones de personas en el mundo mueren por falta de remedios básicos. Mientras que en los países desarrollados y en vías de, hay laboratorios que fabrican medicamentos hasta para poder hacernos dormir sin culpa. Placebos en que lo único interesante que hay es la atractiva estrategia comercial y comunicacional que hace multiplicar su precio y el deseo del consumidor por obtenerlo.

Creo que a todos nos pasó cuando niños que nuestra madre, abuela o algún pariente nos obligó a comer a través de la frase: “Hay niños que se mueren de hambre”. Obviamente costaba tragar la comida cuando nos decían eso, pero a pesar de que con el paso de las horas pudimos digerirla, la sola idea de que lo que yo comía otros sólo lo deseaban, me quitaba el sueño.
Estoy en completo desacuerdo con esa negligente estrategia maternal para persuadir y considero que la culpa no debiese ser el acompañamiento de los alimentos, en especial cuando nuestros padres quizá no han hecho mucho por esos niños de los que se atreven a hablar. Pero me resulta inevitable pensar en que esa situación con el tiempo se transforma en una mera abstracción que termina por diluirse.
Hasta que nos encontramos con el idealismo adolescente y las estadísticas que le dan sentido. Así es como supe hace algunos años que 100 mil personas mueren al día por hambre. Que 840 millones de personas están mal nutridas y que cada 5 segundos muere un niño por falta de alimento.

No es mi afán (por el momento) entrar en la eterna discusión sobre la distribución de los recursos, debate que nos llevaría inevitablemente a teorías sistémicas, ideologías y modelos de sociedad que, como individuos comunes y corrientes, nos resultaría imposible intervenir.
Mi idea principal es plantear algunas reflexiones sobre lo que consideramos el derecho humano, el deber moral, la exigencia socio-cultural o la necesidad biológica de tener hijos. Podría haber un sinnúmero de razones, legítimas o ilegítimas, por las cuales tener un hijo, mas pienso que existen otras tantas por las que deberíamos repensar aquello que nos parece tan natural.
Aunque reconozco que planteamientos de este calibre podrían ser considerados controvertidos, siento que es necesaria la discusión y comenzar a hacernos cargo (dentro de lo que se nos permite) de las repercusiones que tienen nuestros actos y los de los demás. Sabemos que en el mundo existe una crisis humanitaria en al menos un quinto de la población, y para quien lo desconozca está a un clic de descubrirlo. Pero, ¿por qué hacernos cargo de una situación que no provocamos y que supera exponencialmente nuestras posibilidades de intervención?
Empatizo con la idea generalizada de que esta realidad social esté siendo atribuida a los poderes políticos y financieros, capaces de gobernar el mundo sin contrapeso alguno. Empero, siento que la mayoría de las veces, éste y otros lugares comunes se transforman en la excusa perfecta para escindir responsabilidades individuales y desligarnos de acciones que vayan a resolver en algún grado una compleja problemática social.

Muchas veces, conversando con amigos, colegas o parientes, he tratado estos temas a nivel coloquial y ha sido interesante el traslape de opiniones. No obstante, en no pocas ocasiones los argumentos de quienes ya han tenido hijos toman peso en reivindicaciones morales y de desarrollo personal, cosa que me ha obligado a pensar en que, para muchos, la idea de tener hijos es vista como la consecución de objetivos individuales.
Entiéndase que en mis planteamientos no quiero herir susceptibilidades entre quienes han engendrado y que puedan sentir ofendido su vínculo por mis palabras, sobre todo porque aún no puedo hablar desde esa realidad familiar. Pero me parece que podríamos hacer un pequeño esfuerzo en el diálogo para consensuar una idea que intuyo sustancial y que nos podría instar a mirar más allá de nuestro círculo y ver el mundo como un todo que nos involucra y nos exige responsabilidades vinculantes.

Cabe preguntarse qué nos llama internamente a engendrar. Podríamos ofrecer una gama de respuestas: Aspectos culturales que nos influyen, objetivos personales de vida, satisfacción personal, darle sentido a nuestra existencia, paradigmas religiosos, fortalecer una frágil relación de pareja, llenar un vacío interno, tener compañía, etc. Sin embargo, en la mayoría de estas razones, sean emocionales, valóricas o culturales, subyace un deseo propio, en donde muchas veces no se sopesa que es un acto que implica quizá la mayor responsabilidad de la existencia humana: la vida de otro. Por tanto, podemos encontrar muchas razones por las cuales quisiéramos tener hijos, pero tal vez menos o ninguna desde el punto de vista del nuevo ser. ¿Acaso no podrían nuestros hijos biológicos reclamarnos por estar aquí habiendo tanto niño abandonado? Parece duro el cuestionamiento, pero ¿no hacen los padres algo parecido cuando usan como ejemplo a los niños pobres para hacerlos comer?
¿Acaso engendrar entrega al ser humano una potestad que lo valida socialmente? ¿Hay en el hecho de tener hijos biológicos un sentido de la trascendencia espiritual que es imposible de eludir y los que no tenemos hijos debemos consumirnos en una estéril culpa?

He tenido la posibilidad de conversar en un par de ocasiones con parejas que han adoptado a niños producto de la imposibilidad de procrear, y me he encontrado con necesidades similares a las antes mencionadas. Pero la manera en que se resolvieron fue lo diferente. Es entonces cuando veo la adopción como un acto de amor aún superior al de engendrar. Como una liberación y a la vez un religarse a la idea de unidad.
Todos conocemos que el camino a la adopción es complejo, lento y delicado, pero también podemos apreciar que en tal acto hay más que necesidades de pareja y de satisfacción personal. La adopción, en cierta medida, viene a resolver una gran crisis humanitaria. ¿Qué pasaría si todas las parejas que deciden tener hijos pusieran como primera opción adoptar en lugar de engendrar? Sabemos que una característica que favorece es la infertilidad, pero si no fuese así, ¿no se moverían de alguna manera las redes mundiales para que los niños que mueren de hambre en sectores de África, Asia o América formen parte de la nueva forma de hacer familia?

Hemos visto el movimiento que se ha generado mundialmente en cuanto al uso de los recursos y la energía. Apagar la luz en todo el mundo por una hora es un claro ejemplo de que está surgiendo una nueva manera de ver lo que nos sucede como sociedad, una más global, más compleja, más inclusiva, más diversa y a la vez más vinculante. Entiendo así que, por lo mismo, podemos comenzar a ver la idea de la adopción como la mejor manera de hacer familia y a la vez construir una sociedad que se hace cargo de los problemas que tenemos tanto en Santiago como en Nueva Delhi, Puerto Príncipe o Ciudad del Cabo. Dejando de lado los prejuicios raciales, étnicos, culturales, religiosos, de género, etc., podríamos rearmar nuestra desequilibrada y fragmentada humanidad.

Sería muy difícil para mí influir en quienes ya tienen hijos y que el desgaste de la vida los mantiene atado a la vieja idea del linaje y la herencia consanguínea. Pero, quizá las nuevas generaciones estarían más llanas a la posibilidad de tener a un hijo africano, una niña haitiana y un bebé indio, no por seguir una tendencia de actores de Hollywood, sino por el noble deseo de sacrificar sus genes en favor de la vida de millones de niños que nadie quiso, pero que estarían dispuestos a amar a cualquiera que quiera llamarlos y hacerlos sentir hijos.

Rodrigo Castillo Ahumada

Escritor