Qué está pasando...

DE AUGURIOS Y PRESAGIOS

Si hay algo que estuvo presente en los medios de comunicación con la llegada del nuevo milenio, es la idea de que un gran evento catastrófico ocurrirá en alguna parte del mundo. Se recurre a magos, videntes, profetas y astrónomos para intentar predecir dónde y cuándo la tierra cambiará bruscamente. Los terremotos son el lugar común más escuchado en este tipo de predicciones, quizá debido a su apocalíptica imagen. Uno de cada cinco romanos, el 11 de mayo de 2012, no asistió a su trabajo o actividad de rutina por dar crédito a un “profeta” ya fallecido, Raffaelle Benandi, un astrónomo autodidacto, quien atinó en algunas otras instancias a ciertos eventos de esta índole. Esta particular situación además, se vio reflejada en un inusual aumento de reservas en hoteles alejados del centro itálico, como si los creyentes quisieran presenciar tamaña tragedia desde el palco. Hecho que finalmente no ocurrió. ¿Qué genera que el veinte por ciento de un grupo humano civilizado considere este tipo de augurios en una sociedad cientificista y pragmática como la nuestra? ¿Qué hace que en un momento en donde pareciera que la sociedad ofrece respuesta a todo, esta vez no la tengamos? ¿Qué sentido tiene buscar respuestas si llega un instante en que estas no son más que aire envasado en artificios culturales, académicos, religiosos y hasta científicos? Me juego por sentenciar que no hay respuesta que nos sirva para generalizar este tipo de fenómenos sociales. Las ideas al respecto pueden ser simplistas, como atribuirlo a meras supersticiones, o más complejas, y entenderlas como parte de un proceso de búsqueda de sentido a la existencia de una importante parte de la población mundial. Pero, se escapan las posibilidades de encontrar una causa unívoca y satisfactoria como muchos quisieran. Y ante tal situación, lo más prudente parece ser respetar todas las visiones de mundo que albergamos. Por este último convencionalismo, me resulta irritante la burla que se acopló a la idea de que tales predicciones pudiesen ser ciertas, y en esta ocasión no puedo evitar mencionar lo desagradable que fue ver y/o escuchar a periodistas pseudo-intelectuales que daban a conocer la paranoia que había en Italia ese 11 de mayo de 2012, con una apretada sonrisa burlona, como si cada uno de los que daba validez a tales predicciones era un idiota que no terminaba de reconocer que la ciencia era la única capaz de dar las respuestas. Sin embargo, daban la noticia. No quiero decir con esto que tales predicciones tengan asidero per sé, la ciencia se ha ganado un espacio a considerar en lo que creemos es la realidad, pero pienso que decir que los terremotos no se pueden predecir, es tan o más irresponsable que predecirlos. Al parecer la ciencia es tan omnipotente que invalida las posibilidades de que algo pueda ser sólo porque no es ciencia. Y para colmo, los periodistas se encargan de repetir pedantemente que “los terremotos no pueden predecirse”. Nos estamos mal acostumbrando a la idea socrática de que podemos llegar a la Verdad, retirando la no-Verdad de encima, entendiendo hoy la Verdad como lo que la ciencia es capaz de comprobar. Eso, lamentablemente, limita ciertamente nuestras posibilidades a otros espacios de pensamientos, y por supuesto, instala en nuestras vidas una línea editorial que no todos aceptamos. Sin ir más lejos, pero sí más atrás, en la América precolombina, muchas de nuestras culturas acostumbraban a pedir permiso a la pachamama antes de herir la tierra para sembrar en ella, manifestando en ello una relación muy estrecha y respetuosa con la naturaleza. Eso, hoy podría considerarse absurdo, porque entendemos que implica una mecánica que puede ser tan técnica como la construcción de un avión. Es así como la agricultura se ha transformado en un proceso técnico que desterró las supersticiones de los campos y dejó todo en manos de laboratorios abiertos, tomando ahora la tierra como un conejillo de indias que no siente ni piensa. Así también, la visión cientificista nos ha llevado a quitar esa “no-verdad” y pasarle por encima a la tierra con buldózeres, represas, cables y antenas. La ciencia y la no-ciencia tienen tanta validez como los que creen y no creen en los augurios y presagios de quienes suponen saber qué pasará en el mundo. Quizá los que creen ver o sentir el futuro, están conectados con la sensibilidad de esa Tierra que otros consideran un mero objeto del cual aprovecharse. Para mí, ambas posiciones tienen un sentido similar: la manera que tenemos de construir objetividad y subjetividad para escindirnos de la incertidumbre de la vida. ¿En qué momento nos convertimos en objetos para huir del sufrimiento? ¿En qué parte de nuestra historia reciente la objetividad pasó a ser un recurso científico para aislarse de la realidad subjetiva de quien vive de verdad? ¿Cuán subjetiva es la realidad de quien cree en una profecía? ¿Cuán cierta es la seguridad que muestra un ser humano que actúa sólo en razón de la razón? Nunca preguntas así tendrán respuesta, no sé. Pero, si hay algo que puedo rescatar de los augurios y presagios, es que tienen la capacidad de remecer nuestro ser y hacernos ver nuevamente qué pasa con las predicciones internas que sí somos capaces de controlar. Ver qué terremoto hace falta en nuestros niveles de conciencia para al fin augurar un despertar completo hacia, quizá, el único presagio que importa: el momento de la reconexión con lo que somos y la armónica relación que tengamos con la Tierra.

Rodrigo Castillo Ahumada

Escritor