Qué está pasando...

EL NEGOCIO DE LO OBSOLETO

Pareciera que el rol que tenemos como seres humanos en esta sociedad, se reduce a ser únicamente un consumidor activo. Somos como micro-engranes de un sistema dinámico que requiere que estemos comprando constantemente, por tanto, debemos aceptar créditos que no necesitamos para poder comprar aquellos productos que, al parecer, son imprescindibles. Pero, ¿cómo es que logran estos productos pasar a ser tan necesarios con tanta velocidad? La economía dependiente del crecimiento que domina nuestro sistema social, funciona con esa única lógica permanente, no la de satisfacer necesidades, sino estimular la demanda al punto en que se estabilice un consumo creciente. Por tanto, el problema económico ya no sería el clásico: esa idea casi cliché de que las necesidades son ilimitadas y los recursos escasos, sino que, sencillamente, si la gente no consume, la economía no crece. Surge así, otra pregunta: ¿Cómo es que nos puede hacer sentido la idea de que los recursos son limitados, si día a día se desarrollan productos con algún tipo de innovación y debemos “actualizar” nuestro consumo? ¿Por qué no se fabrican productos más durables para aprovechar mejor los recursos, supuestamente escasos? ¿Qué pasaría si los productos duraran mucho tiempo, o al menos el doble de lo que duran hoy? La respuesta agorera sería obvia para cualquier economista. Sin embargo, para los consumidores, sería ideal que comprásemos una vez en la vida las cosas de mayor uso, como una casa o un auto, para así ocupar nuestro dinero para otras causas, en lo posible más nobles que hinchar las cuentas bancarias de las multinacionales que depredan los recursos del mundo. Pero, ¿es posible este tipo de productos? En este sentido, no puedo obviar la historia de la famosa ampolleta incandescente que alumbra un antiguo cuartel de bomberos en Livermore, California, EE.UU., la que en el año 2001 cumplió nada menos que un siglo funcionando, y que tuvo en la celebración de su centenario la asistencia de casi mil personas, quienes no solo le rindieron honores como si se tratase de algún héroe, sino además, con este simbólico acto, fueron capaces de graficar el valor que tiene para la gran mayoría el hecho de que un producto sea capaz de mantenerse funcional por tanto tiempo. Basta ese caso para ejemplificar que el desarrollo tecnológico de hace más de un siglo tenía objetivos diferentes a los que se imponen hoy. Lo peor es que, al parecer, la fórmula para el desarrollo de productos de larga duración tuvo una vida tan corta como la que tienen las ampolletas hoy en día. La idea de la obsolescencia planeada y que se oculta en las estrategias comerciales de las empresas, ya no es tan hermética. No es casualidad que los LCD hayan bajado tanto los precios de venta en un par de años, ni que las promociones incluyan 2 ó 3 productos electrónicos al precio que nos costaba uno hace 3 ó 4 años. Lo que le interesa al mercado hoy es vender más, no mejores productos. Es lo que mantiene la economía dinámica. Para quienes defienden esta idea argumentan que, aunque se ve poco ética, de no existir la obsolescencia programada, la economía se vendría al suelo. No habría empleo y la crisis sería colosal. Pero, yo me pregunto: ¿Qué tan viable a largo plazo es una economía basada en el crédito y la comercialización de productos desechables? ¿Qué tan capaces somos de sostener este sistema sin considerar la cantidad de desechos materiales que genera? ¿No hipotecamos la vida de nuestras generaciones venideras a cambio de una economía pujante? O acaso, parte de ese costo no lo está pagando ya alguien que no tiene voz o no es conciente de tal perjuicio? Es casi una ley empírica que se cumple cuando al terminar de pagar un producto a crédito, o simplemente al terminarse la garantía y/o garantía extendida, el producto deja de funcionar o falla en algo. Casi todos los que usamos habitualmente smartphone, lo estamos cambiando cada 12 ó 18 meses. Pasa casi el mismo tiempo con los computadores. Cuando llevamos una impresora al servicio técnico nos aconsejan comprar otra por lo barato que está en comparación con un arreglo. Se nos recomienda que para la casa tengamos un PC, para el trabajo un Laptop, para los estudios una tablet, para la conectividad, diversión y comodidad un Smartphone, y si bien esto se nos presenta como la manera en que tenemos que vivir hoy, debemos saber que es por el equilibrio del sistema. Así, la economía sigue creciendo, y nosotros estamos al día con las tendencias del mercado. Ahora, no hace falta aclarar que el sistema hace que gastemos permanentemente en pro del mismo sistema, no del consumidor, y si bien somos concientes de eso y a muchos les pueda resultar irritante, espero que también les resulte irritante saber qué pasa con tanto desecho tecnológico. La existencia de productos que deben “renovarse” en menos de 3 años, genera inevitablemente un volumen de basura insospechado. Material que obviamente no va a parar a las oficinas de las industrias fabricantes sino, en su mayoría, a países tercermundistas que permiten la entrada de “productos de 2da mano”, cuando en realidad casi el 90% de estos residuos electrónicos no tiene arreglo. Esto convierte a estos países en vertederos de una sociedad que entiende el desarrollo desde su narcisista mirada económica. Sé que todo esto forma parte de nuestro sistema de vida y no desconozco que de una u otra forma he alimentado, quizá desde la misma inconciencia que nos da haber nacido bajo esta cultura, esta forma de consumir. Pero, en la medida que nos hacemos concientes de esto y decidimos no ser más cómplices de la “economía del despilfarro”, podemos ir buscando la manera de hacer frente a esta insensata manera de hacer economía y destruir los recursos del planeta. Podemos hacer el esfuerzo de comprar productos de alta calidad, mantenerlos, asegurarnos de tener repuestos, priorizar la funcionalidad sobre el diseño y, por supuesto, descartar la frívola idea de “estar a la moda”. No es menor el dato de productos que ofrecen garantía de por vida. Buscar en el mercado ampolletas led de larga duración (no pretendan encontrar una como la de Livermore, pero hay una que asegura durar 25 años). Intentar reparar en lugar de desechar. Y, por último, comprar por una necesidad genuina, no por meros carpichos o deseos impulsados por el consumismo connatural al sistema. La cultura de lo desechable se instaló en nuestras vidas sin convocar a plebiscito. La cultura de lo desechable parece que trasciende al consumo y pasó a ser parte de nuestra forma de hacer sociedad. La cultura de lo desechable es tan real que aplaudiría el momento en que la ampolleta de Livermore se queme. Sencillamente, no dejemos que la luz de nuestra conciencia por el consumo responsable se extinga para siempre.

Rodrigo Castillo Ahumada

Escritor