Qué está pasando...

EL SUDOR DE LA CIUDAD

¿A quién no le ha tocado este verano u otro ir al centro de Santiago a realizar algún trámite y sentir una gota fría caer sobre su cabeza? Seguramente no ha sido una sensación muy grata, sepamos o no la procedencia. Lo normal es mirar hacia arriba, pasarse la mano sobre la gota y maldecir los aires acondicionados que brotan de los edificios. Es ahí cuando estas máquinas son desagradables, no cuando refrescan nuestra jornada laboral o nuestra espera en el lobby de en un organismo público o privado. Pero ¿quién puede hacer caso omiso a lo descortés que es la ciudad al permitir que impertinentes gotas desechadas revienten en nuestras cabezas, sin siquiera tener la posibilidad de ofrecernos alguna disculpa? Hay ciertas cosas que quedan en un limbo, en donde nadie ofrece una cara visible frente a los desatinos o negligencias de la sociedad. Y lo que es más singular, hay ocasiones en que el perjuicio no es tan grave, por tanto se produce un extraño equilibrio, ya que nadie reclama y nadie responde por cómoda pasividad. Quizá estas situaciones son más habituales de lo que se puede pensar: aquello necesario que beneficia a unos y perjudica a otros. Como una central hidroeléctrica o la instalación de un vertedero, guardando las proporciones. No es mi afán poner a la par una humilde e impertinente gota que cae desde la manguera de un aire acondicionado mal ubicado con las problemáticas de mayor cobertura y repercusión social, pero me parece necesario darle foco al imperceptible tacto social que tenemos al construir nuestras ciudades y buscar el beneficio que nos da el habitar en comunidad. Tal vez convencidos de que el “sentido común” no es otra cosa que ser amables con quienes nos topamos, no hemos abierto de manera permanente la discusión respecto al uso de los espacios públicos y el respeto por el ser urbano. Así hemos convertido plazas caóticamente verdes y rebosantes, en un concreto y ordenado gris pseudo-cultural. Hemos reducido los tiempos de ocio y esparcimiento a un par de horas semanales pagadas. Y hemos estrechado las veredas de los transeúntes para darle paso a los buses, los autos y las motos que se apoderaron hace décadas de nuestro silencio. No busco generar un debate sobre algo que parece ficticio: el destino de los desechos hídricos luego del uso del aire acondicionado en la ciudad. Sino atender a aquello que nos aqueja diaria o esporádicamente, o que simplemente podría ser mejor. Pero también a aquellos bellos momentos en que la ciudad es capaz de generar espacios libres y lúcidos para nuestro deleite. Aunque muchos pudiesen pensar, y con razón, que una insignificante gota del aire acondicionado de un edificio no es suficiente para rebasar la tolerancia de nuestra cotidianeidad, cierto es también que podemos ocupar su fría presencia en nuestras cabezas para levantarla y mirar qué estamos haciendo para dialogar con nuestra ciudad, entre nosotros y con la naturaleza que no abandona su lucha por seguir siendo parte de las grandes urbes.

Rodrigo Castillo Ahumada

Escritor