Qué está pasando...

AMÉRICA, TOROS, LEONES Y EL NUEVO MUNDO

¿Qué pasaría si la pléyade de conquistadores europeos no hubiese llegado a América hace quinientos años? Seguramente no tendríamos museos, aviones o televisores. Nuestros fármacos estarían formulados sólo a base de plantas, flores, árboles y animales. No contaríamos con radares para captar lo que dice el Cosmos o satélites para hablar con los demás. Nuestras casas serían de piedra, madera, barro o arcilla. No habría mansiones coloniales que admirar, ni tesoros ocultos que escudriñar. Quizá el chamanismo y la percepción extrasensorial serían la forma de comunicarnos con aquellos que están lejos. El concreto, el acero y el plástico no compondrían nuestra urbanidad y nuestras metrópolis distarían mucho de estructurar una arquitectura elefantiásica. En vez de mirar el calendario y el reloj, observaríamos la luna, el sol y el ritmo de la naturaleza. Quizá no habría leyes recordadas en el papel y olvidadas en la memoria. Tal vez no habría que acumular cosas absurdas. El trueque daría cuenta del valor de las pertenencias por lo útil y no por lo escaso. El subsuelo de América estaría henchido de tierra fértil y minerales, y no de un incontenible mosaico de envases indestructibles. Quizá seguiríamos cultivando en pequeñas escalas para autoabastecernos y no en grandes predios para aumentar la producción y luego tener que refugiarnos en enormes termiteros urbanos. Tal vez no habría medicina ni electrónica asociada. Seguramente no habría sida, pestes, cáncer, diabetes o enfermedades cardiacas. Un médico brujo nos tendría que observar para determinar qué nos aqueja, porque no habríamos podido descansar en máquinas que nos escanearan una y otra vez. No habría una nueva Inglaterra gobernando un imperio con soldados, tecnócratas y economistas. No existiría la obesidad aunque sí el hambre. Nuestros cuerpos serían más rápidos pero nuestro ritmo de vida más lento. No habría revoluciones que resarcir ni guerras mundiales que psicoanalizar. Funcionaríamos como engranajes de un Cosmos más que como eslabones de una sociedad. Nuestra piel sería más morena y nuestro cabello más oscuro. Nuestro Dios no tendría barbas ni túnica blanca. Nuestros periódicos serían orales y nuestra constitución el más básico sentido común. No conoceríamos los rayos X ni el láser. No sabríamos cómo ni para qué llegar a la luna. No podríamos saber lo que pasa en otros continentes con un ratón. No habría Navidad, Semana Santa, ni Halloween. No hubiésemos construido siempre en lugares donde la tierra falla, los vientos destierran o los montes estallan. La cocaína sólo se masticaría. Nuestra mortandad infantil sería alta y nuestra población longeva. Nuestra música estaría grabada en tambores de cuero y silbatos de caña. Nuestros impuestos serían de fruta, maíz y sal. Nuestros bosques no serían despertados con el seco sonido de los aceros y los buldózeres. Nuestros cielos y nuestros mares permanecerían desnudos ante nuestros ojos y las criaturas ávidas de circundarlos. Seríamos diferentes… Es racional que fuéramos diferentes… Pero los toros y los leones ya marcaron su rúbrica sobre estas tierras. Fue así como Magallanes, Vespucio y Colón estamparon sus nombres y apellidos en nuestras principales avenidas. Y así se fueron sumando alemanes, franceses, portugueses, italianos… en fin. Llegaron y se quedaron con nuestro beneplácito o nuestro sometimiento. Mezclándose con una genética distinta y creando la nueva raza. Y hoy estamos aquí, en una América socialmente homogeneizada, pero a punto de estallar en diversidades culturales que han dormido por siglos. Somos europeos con disfraz de originario, aunque el disfraz lo llevamos por dentro y lo europeo por encima. Somos producto de un choque de culturas en donde la que ganó es la que ocupa las tierras hoy, y la que perdió es la que se encuentra sometida y maniatada en nuestras memorias, esperando el momento oportuno para traicionar al europeo que nos perdonó la vida. Pero somos la nueva raza, la mezcla entre el homenajeado y el regalo, porque esto último es América para el mundo, un inesperado y esperanzador obsequio para un viejo pobre, cansado y aburrido. La nueva raza latinoamericana es un niño arribista que imita al hermano mayor que superó al padre. Pero nosotros, los hermanos pequeños, nos vestimos como el grande, usamos sus cosas y ponemos rostro expectante al enfrentarnos a él, aunque nuestros pies siguen descalzos y nuestros oídos cerosos sólo escuchan su voz de mando. Mas no hay más que decir al respecto. Ya todo está instalado y querer cambiar todo con revoluciones, diplomacia o atentados, resulta absurdo. Tampoco podemos esperar a que todo siga su curso porque así como el tiempo hace que el árbol crezca, también permite que la madera se pudra, el hierro se oxide y la piel se descame. Evolucionar no implica necesariamente mejorar, sólo establece una secuencia lógica de las acciones. Construir en armonía al lugar, sin torres ni antenas que puncen el cielo. Educar sin aspirar a la cantidad irritante de datos, sino al aprender a descubrir e inspirar. Mejorar desde el ser y no sobre la costra. Valorar los derechos tanto como los deberes. Escudriñar los tesoros del alma y dejar las monedas ahogadas en las tierras y los mares para el ayer. Hacer ciudades de baja estatura para que el sol llegue hasta el último ladrillo que sobresale. Conocer al ser humano sin autopsiarlo, entrar en su mente sin psicoanalizarlo e inducir su sueño sin drogarlo… Parece imposible, pero resultaría culposo no intentarlo. Sé que ni tú, ni yo, ni el séquito de eminencias vivas del mundo podrían esculpir sobre esta tierra la figura única de la nueva raza. Y aunque no somos mapuches, diaguitas o yaganes, también lo somos. Sin ser hispanos, galos, escandinavos, germanos o asiáticos, también lo somos. Lo elemental va más allá de lo que somos. Lo que hacemos trasciende, trastoca todo, se conecta con todo y nos implica a todos. El bicentenario no tiene ninguna importancia para Latinoamérica. Sólo marca un número cerrado que invoca a un manojo de temerosas firmas sobre un añoso papel amarillento. El valor de lo que somos está en el reconocimiento de nuestro presente en donde todo es posible, en donde no hay límites y en donde gozamos del más poderoso regalo de la existencia, y es acá en donde se debe manifestar la excelsitud del espíritu en actitud de servicio hacia los hombres y mujeres de Nuestra Tierra. Es acá y hoy cuando sabemos quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes queremos ser. Es ahora en donde la vida nos llama a abandonar los tiempos petrificados y los inexistentes, y en donde tenemos el derecho y el deber de construir el nuevo mundo, el verdadero, único y auténtico Nuevo Mundo.

Rodrigo Castillo Ahumada

Escritor