Qué está pasando...

EL VALOR DE MI TRABAJO

Todavía no dejo de sorprenderme por la inocente pregunta de esos alumnos en mi sala de clases. “¿Cuánto gana usted profe?” dijo uno. Otros dos apoyaron con otro par de símiles “¿Vamos a ganar tanto como usted?” “¿Trabajando en qué área se gana más plata?”. Ese día recuerdo que antes de responder con un manojo de ingeniosas evasivas, pasaron por mi mente muchos cuestionamientos respecto las razones del por qué estaba en ese lugar con un grupo de jóvenes llenos de una esperanza única: ganar dinero. No oculté mi molestia frente a lo materialista de sus comentarios, pero reconocí íntimamente que alguna vez quise lo mismo. “Lo que pasa es que para hacer clases no hay que querer ganar dinero” comenté, en un solemne levantamiento de principios. Una serie de manifestaciones irreverentes y graciosas me hicieron sonreír y volver a retomar los fundamentos históricos del marketing. Al concluir la clase me senté en la sala de profesores, solo. Al parecer todo confabuló para que reflexionara y me tomara un té, sin interrupciones. Los pensamientos se deslizaban por mi mente como el brebaje caliente sobre mi garganta. El cansancio y el sueño me hacían divagar y cruzar el espacio-tiempo que permiten los recuerdos. De pronto, una de las amables señoras que se encargan del aseo del lugar entra a la sala diligentemente y me sorprende, al punto que dejo caer sobre el reluciente piso un poco del té que me quedaba. “¡Perdóneme!”, dije con desagravio. Asumiendo que sería ella quien tendría que borrar del suelo mi torpeza. “No se preocupe”, respondió amablemente, tal como siempre lo hacía, y se dispuso a absorber la mancha con el blanco paño que llevaba como herramienta de trabajo. Fue en ese instante cuando vi la respuesta y la pregunta que nunca esperé: Aquella noble mujer hizo lo que tenía que hacer, lo que su trabajo le entrega como responsabilidad fáctica, pero además cumplió con su responsabilidad humana, eso por lo que no se le paga, pero que para mí significó una ganancia única. En los días siguientes nunca dejé de preguntarle cómo se encontraba y sonreírle cada vez que lo hacía. Sentía que le debía retribución y no era capaz de dimensionarla. Me encontraba en un escalafón distinto en la institución, pero por el sólo hecho de que entre nosotros se formó ese vínculo de cordialidad, nuestra interacción significó mejorar nuestras jornadas de trabajo. Al cabo de un tiempo, frente al mismo grupo de estudiantes, les dije: “Si realmente lo único que quieren es ganar dinero, no se dediquen a nada que involucre a las personas. Porque somos nosotros quienes le damos valor a lo que hacemos. Les aseguro que si las buenas personas hicieran su trabajo sólo por plata, no les estaría diciendo esto y en la sala de profesores habría una pequeña mancha de té en el piso”.

Rodrigo Castillo Ahumada

Escritor