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¿PIRATAS V/S MERCADO O UN PUNTO DE EQUILIBRIO?

En el mercado de los libros, las páginas y las tintas no sólo son avatares del mundo de las ideas, sino además se convierten en papel billete para miles de negociantes que buscan su legítima recompensa. A la mayoría de las personas no le interesa cómo funciona este negocio. La gente quiere tener un buen libro en sus manos y una interesante historia en su memoria, y sólo se enfrenta a la realidad de este mercado cuando entra a una librería y siente caer su mandíbula al escuchar el oneroso costo de la novela que anhela devorar. “Muchas gracias. Hasta luego”, solemos decir cuando el valor duplica el máximo que estábamos dispuestos a pagar y, justamente a la cuadra siguiente, nos topamos con un tipo que vende esa misma obra a un precio irrisorio. Es ahí cuando vienen los cuestionamientos, que van desde lo moral hasta lo práctico. Naturalmente, negarse a la compra de un libro que puede llegar a costar el diez por ciento de su valor de mercado, no responde a una discapacidad cognitiva o a falta de destreza en el mundo de los negocios, sino a suspicacias sobre la calidad del libro, ausencia de garantías, temor a implicarse en una transacción ilícita, conflicto ético, vergüenza, etc. La propiedad intelectual al parecer responde a la noción de un principio en el que las ideas trabajadas y materializadas pueden pertenecer a uno o más individuos y no son tan abstractas y universales como parecen. Sin embargo, hay muchas manos, sean estas negras, blancas o grises, las que maquinan situaciones para convertir las ideas de otros en el sustento para su hogar, o quizás algo más. Esta espiral de costos que se suma al valor final del producto, sirve como caldo de cultivo a muchos que se pierden en un mar de justificaciones para no comprar un libro, y por ende, para no leer. Hay una situación que hay que reconocer: La diferencia económica entre un libro original y uno copiado genera un inevitable mercado negro, en donde el consumidor reconoce las falencias, pero asume el costo al haber un diferencial tan importante en un producto de necesidad secundaria. De hecho, hay aficionados a la lectura que tienen suficiente dinero, pero en lugar de comprar la obra original, deciden comprar cuatro libros piratas y de distintos autores para sentir que su dinero vale más y de paso darle una bofetada al mercado. Pero, ¿cuáles serían las diferencias concretas entre un libro original y uno copiado? Básicamente se reconocen dos: Impresión y encuadernación, que para los efectos prácticos, implica: hojas que faltan o se repiten, textos corridos, borrosos o inexistentes, descompaginación, poca duración por uso, etc. Aunque también está el hecho de que la comercialización ilícita no reporta dinero a los autores ni a las editoriales, ni mucho menos algún tributo al Estado, situación que a muchos consumidores le resulta indiferente por el sólo hecho de que esa importante distancia monetaria tendría que salir de su bolsillo. ¿Se ven soluciones en el corto, mediano o largo plazo? ¿Acaso el mercado de la música y el cine no se han visto afectados también por otro tipo de piratería o tecnologías, y han debido adaptar sus estrategias comerciales para sobrevivir? Diría que en los otros dos casos mencionados, fue Internet el que dio el tiro de gracia en sus respectivos negocios. Así, el Cine por un lado y las descargas móviles por otro, fueron la respuesta. Pero en el caso de los libros, si bien Internet también ofrece una alternativa digital gratuita y los e-book son una propuesta interesante, el valor que tiene tomar un libro, pasar las hojas, poder transportarlo cómodamente a cualquier lugar, conseguir la firma de su autor, guardarlo en un rincón secreto e incluso oler sus páginas, sigue siendo reconocido por muchos como la causa emotivo-racional para comprarlo. Y a la vez, la mayoría de esos ávidos lectores responderían de mejor manera si el mercado de los libros fuese capaz de ofrecer una alternativa razonable y de calidad. Quizá lo ideal sería un punto intermedio entre los originales y los piratas. De cualquier forma, lo que el lector busca es la esencia del producto, aquello que el autor quiere entregar. El comprador de un libro quiere que éste tenga la calidad de un original y el precio de uno ilegal. Cosa que, de acuerdo a cómo se estructura este mercado, resulta improbable. Hace un tiempo publiqué de manera independiente mi primera novela: Pancho Mentiras, iniciativa que para muchos de mis colegas y cercanos resultaba una apuesta demasiado arriesgada e innecesaria. Claro, la manera tradicional consiste en presentar el escrito a alguna editorial y que ésta se haga cargo de todo, sin costo alguno para el autor y con la posibilidad de recibir un buen porcentaje por las ventas en caso de comercializarse. Debo confesar que resulta tentadora esta idea última cuando se evalúan los costos de impresión, diseño, fotografía, pruebas, etc., y cuando se cuenta con poco tiempo para realizar infinitas actividades, entre las que está la edición, la impresión, la implementación de canales de venta, la difusión y la comercialización en sí. Pero por otro lado, la posibilidad de entregar un producto cultural al mundo es algo que motiva a cualquiera que se dedique a alguna actividad socio-cultural. Sobre todo cuando se ofrece a un costo mínimo sólo por mantener viva la idea de entender los libros como una instancia de desarrollo de la conciencia del ser humano, y no como una posibilidad de lucrar, buscar renombre o descargar algún desequilibrio personal no resuelto. Pero, no soy el único. Existen otros emprendedores independientes, pequeños grupos literarios y algunas asociaciones que se dedican a autofinanciar y difundir las ideas de quienes participan directa o indirectamente de sus interrelaciones. Organizaciones alejadas de las exigencias del mercado, exigencias tan rígidas que funcionan con criterios de edición que prescinden de todo aquello que no produzca ganancias en acotados y cada vez más breves plazos. En el mismo sentido, muchos de nosotros hemos sido interceptados por un Hare Krishna en algún aeropuerto, plaza pública o paseo peatonal, quien ofrece amablemente un surtido de libros a muy bajo precio. Y aunque estos responden a una filosofía religiosa que difundir, es un antecedente más que abre la posibilidad de pensar un mejor mercado-cultural. Tal vez estas y otras instancias son el punto intermedio entre la piratería y las editoriales formales. Una búsqueda hacia una cultura que no sea dominada por la dinámica del mercado, y tampoco transgredida por la piratería que, paradojalmente, perpetúa de manera solapada la producción de obras netamente comerciales. Tratemos de tomar atención a este tipo de iniciativas para creer en una edición cultural más independiente, original, crítica, diversa y auténtica.

Rodrigo Castillo Ahumada

Escritor